Amigos en la literatura argentina: entre el cariño y los celos

Diez autores cuentan cómo son hoy los vínculos entre los escritores nacionales; en el día que rinde homenaje a la amistad, un recorrido por una relación literaria y difícil.

Todavía no se escribió una historia de la amistad en la literatura argentina. Jorge Luis Borges , Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares; Julio Cortázar y Abelardo Castillo; Alejandra Pizarnik e Ivonne Bordelois; Sergio Bizzio, Alan Pauls y Daniel Guebel; Hugo Padeletti y Angélica Gorodischer; María Elena Walsh y Leopoldo Brizuela: la literatura local está colmada de amigos que, en diversas instancias creativas (de la escritura a la correspondencia, de la edición al arte de la conversación), impulsaron el desarrollo de la imaginación conjunta.

La amistad, para Aristóteles, constituía la meta más elevada de la vida social. Bioy Casares declaró que uno de los mejores atributos de los argentinos era la propensión a la amistad. ¿Cómo son hoy los lazos amistosos entre los escritores argentinos?

Los escritores amigos comparten afinidades estéticas y un mismo oficio. “La amistad literaria tiene que ver con la complicidad, con el oído, con la singularidad -dice Mariano Dupont-. Hugo Savino, Luis Thonis y Milita Molina me acercaron libros sin los cuales mi vida sería completamente distinta (más aburrida). De eso se trata: de hacer ver, de hacer escuchar. Thonis siempre hablaba de las «líneas de transmisión» que había que preservar, de los libros «peligrosos» que había que transmitir de oído a oído. Los libros que la época, imitando al avestruz, mete bajo tierra. Ésos son los libros que me interesa leer y compartir con mis amigos que leen y escriben.” Paula Pérez Alonso converge con el autor de Arno Schmidt: “Con algunos comparto lecturas, hallazgos, «novedades de la vida literaria», y otros con los que el diálogo es más intenso sobre lo que estamos escribiendo, como Juan Forn, Saccomanno, Rodolfo Rabanal, Esther Cross, Juan Becerra, María Cristoff. Ellos, como aquel que al amigo enfermo o preso le transmite confianza plena de que va a salir del encierro, logran que ese interés tense el hilo invisible que me libera de la corrección excesiva, de mi encierro neurótico”.

Una comunidad ante el mundo

Alicia Plante, autora noir, se ilumina con el don de los amigos. “Colegas de propósito y destino, ¡los saludo! A Saccomanno, maestro, a Sylvia Molloy y Reina Roffé, a Tununa, a la gran Mercado, a Angie-estoy-de-viaje-Pradelli, a Mariana Enríquez. Y los muchachos: Juan Carrá, Kike Ferrari, Alejandro Soifer, Horacio Convertini, Martín Doria, Ricardo Ragendorfer y el que más anécdotas te cuenta, Raúl Argemí, el enorme Juan Sasturain, Javier Chiabrando, Fernando López, Osvaldo Aguirre, Fabián Soberón. Y las Mercedes, Giuffré y Rosende; María Inés, que parece jugar con su apellido, ¿Krimer?, ¿Krimen?, Laura Rossi, Liliana Lukin.” Plante agrega que los necesita tanto para competir y “agrandarse” como para morder el polvo de la humildad. “Sin amigos, en un mundo imposible, ante el compromiso de quebrar la página blanca me rindo de antemano”, afirma.

La amistad de los poetas

Aristóteles, que no conoció las bondades de Skype, desaconsejaba la amistad a distancia. Miguel Gaya, autor de Cabeza de artista, corrige al griego. “Dicen los ingleses que una buena amistad prescinde de efusiones sentimentales, y las mejores, también de palabras. Con Jonio González nos conocimos en el colegio San José, con 14 años, y el Mayo francés y el Cordobazo de telón de fondo.” González vive en Barcelona desde 1982. “Estamos juntos de un modo difícil de explicar. Siempre sentimos que no pudimos hablar lo suficiente de poetas, de poesía, de cualquier otro tema. Pero ninguno hubiese escrito lo que escribió sin el otro; sin esa rara, silenciosa, cercana y potenciadora presencia del otro.”

“Se llamaba Betty Page Insiste el primer ciclo de lectura que coordiné y del que participaban Dafne Pidemount, Diego Arbit, Raúl Vieytes, Claudia Masin, Mane Rodríguez, Vanesa Guerra, Pablo Rodríguez, Bibi Lorenzano, entre otros -recuerda Paula Jiménez España-. Encontrábamos en la poesía un reducto donde hacer aflorar nuestras subjetividades adormecidas. En los años 90 fueron mis primeros amigos escritores, compañeros de un tiempo precioso, inimaginable para mi adolescencia de chica de Caseros. Eran como magos, médicos, Che Guevaras.”

Para muchos, lo mejor de la literatura es la amistad entre escritores. “Me aburren un poco las trasnochadas etílicas plenas de ingenio, chistes, chismes -opina Mónica Sifrim-. Las amistades que prefiero son íntimas, jaspeadas de cotidianidad. Compartimos libros, pero también nos prestamos la historia personal, las casas o el hombro.” La lectura que los amigos hacen de la obra del otro se asemeja a una escritura. “Los amigos escritores te fertilizan. Pienso en Gloria Pampillo, que no está; en María del Carmen Colombo, que me ayuda a ver; en dos grupos de escritores que integro y en el regocijo que siento en cada reunión. Algo acaece. Hay vuelo y hay amor.”

Una pasión sin épocas

Una pasión más allá de las épocas

De los tres mosqueteros creados por Alejandro Dumas a los personajes vagabundos de Samuel Beckett en Esperando a Godot; de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, imaginados por Mark Twain, al grupo homogéneo que atraviesa el ciclo de novelas Juan José Saer, la amistad fue un factor constitutivo de grandes obras literarias. En Alta fidelidad, de Nick Hornby, los amigos del protagonista se llevaban las mejores líneas de la novela; en Hospital de ranas, de Lorrie Moore, se narraban los tropiezos de una amistad entre adolescentes. También Harry Potter contó con amigos leales, a veces más interesantes que el propio joven mago. Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, se puede leer como la historia desenfrenada de dos amigos que adscribían al “real visceralismo”. En la narrativa local, además de los clásicos narradores de la amistad (entre varones) como Haroldo Conti, Osvaldo Soriano y Eduardo Sacheri, existe una “elegía jocosa” (según Martín Kohan) escrita por dos amigos para homenajear a otro: El día feliz de Charlie Feiling, de Sergio Bizzio y Daniel Guebel.

Fuente: Daniel Gigena, La Nación.

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