Un personaje de Borges

Suena el teléfono. Avisan que un señor en recepción dice tener cosas de Borges. Cada tanto ocurre. Alguien que dice tener material valioso, fundamental, imprescindible, alguien que dice tener algo que nadie más tiene y propone un artículo para el diario en donde él sea protagonista. Entonces la sucesión sería la siguiente: acercarse hasta recepción, asentir y explicar con amabilidad (o no) que vamos a ver lo que podemos hacer. No siempre quien lo espera es un hombre de ochenta años y bastón, que apenas puede caminar y tiene, en la bandolera que lleva cruzada y en los bolsillos de la campera, viejos libros de Borges. No siempre uno se cruza con Enrique Caressa. Relojero jubilado, ajedrecista obsesivo, pintor aficionado con lejanas reminiscencias de Xul Solar. Y habitué del Florida Garden. En ese lugar lo conocen todos.

Hace ocho años Caressa le compró, a un vendedor de la calle Defensa, un lote de libros de Borges. No todos eran primeras ediciones. Había un ejemplar de Ficciones publicado por Sur, otros con el sello de la librería parisina L’Herne. Casi todos estaban intervenidos con pequeñas marcas en lápiz, subrayados que marcaban versos que recién aparecían en ediciones posteriores. Uno de esos libros le llamó la atención. Una edición de la Obra poética de Borges que estaba maltrecha y sin tapas. En la primera página puede leerse una dedicatoria con letra temblorosa: “A Néstor, con toda la amistad de Georgie”. Caressa entendió que ese Néstor era una persona importante porque Borges, que había firmado una cantidad innumerable de libros en su vida, sólo firmaba “Georgie” cuando el destinatario era un amigo. Néstor entonces era Ibarra, el amigo parisino del autor deFicciones , la persona que se convertiría en el primer traductor de Borges al francés. Esa edición de la Obra poética tiene ilustraciones de Héctor Basaldúa, Norah Borges, Horacio Butler y Raúl Soldi, y fue realizada en conmemoración de los 25 años de Emecé. Sólo para los amigos.

Nacido en Barracas, Caressa ahora vive en la calle Boulogne sur Mer pero alquila un monoambiente oscuro cerca de Plaza San Martín donde tiene un catre desvencijado, sus libros, sus pinturas y una colección de diarios guardados en cajas. ¿Colecciona diarios? Sólo artículos de y sobre Borges. La primera vez que lo leyó fue junto a su madre, en un poema en La Nación. Tenía doce años. Desde entonces no dejó de leerlo con fervor. “Como a Quijano lo agarraron los libros de caballería, a mí me agarró Borges”, dice. ¿Borges lo empujó a escribir?. “No”, es su respuesta. “A leer. A leerlo a él. Nada más. Prácticamente dejé de leer otra cosa. Sí, leí a Luis Franco, a Sarmiento, a Bioy, a Mujica Láinez, a Molinari y algo de Cortázar, aunque me gustaba menos. Claro, cuando uno lee a Borges pasa algo. Es como ver a Leonardo y verme a mí. Si viste a Leonardo, ya está.” A los trece, luego de morir su padre, aprendió el oficio de relojero junto a su tío, Italo Bassadone, un hincha de Huracán que tenía una relojería en Pompeya. Caressa terminó la escuela primaria y se puso a trabajar. En esa relojería conoció a su mujer, una bibliotecóloga que había estudiado con Borges y José Edmundo Clemente en la Biblioteca Nacional. La vida de Caressa estaba dedicada a los mecanismos de relojería, a Borges y al ajedrez. Jugaba en la Richmond, en el salón Capablanca de la calle Sarmiento y en la confitería Rex. Todavía recuerda que en ese primer piso pudo ver jugar a los exiliados Moshe Czerniak y Daniel Fridman. En la Rex también había un polaco que no jugaba pero hablaba raro. Era Witold Gombrowicz. En el año 1978 retrató a todos los grandes ajedrecistas que vinieron a la cancha de River a jugar el campeonato del mundo. Ese mismo año fue a la Feria del Libro e hizo lo mismo. En álbumes de fotografía guarda esos retratos en lápiz y mano alzada que luego les hacía firmar a sus escritores admirados. El más preciado es el de Borges.

Todos los días que se instala en este monoambiente rodeado de cajas y papeles sobre Borges, Caressa agarra su boina, una campera y el bastón y se instala en la confitería Florida Garden. Todos los días, a la noche, se pide un plato de papas fritas a caballo. Si algún turista quiere saber de Borges, los mozos lo señalan y la gente les pregunta. Caressa responde y muestra su campera, donde tiene prendedores con el globo de Huracán y las banderas de Argentina, Italia y Suiza. “Suiza es por Borges.” –Y por la relojería.

–Tenés razón, no me había dado cuenta.
–¿No se dio cuenta que usted parece un personaje de Borges?
–¿Le parece?

Caressa sonríe. Quizás haya sido el mejor elogio que alguien le haya dicho.

FUENTE: REVISTA Ñ

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