La novela de una pesadilla: que tu hija sea una mala persona

Entrevista a Ana María Shua.

La escritora presenta “Hija”, un relato que se mete con los temores de los padres. Y dice que no siempre ellos tienen la culpa.

Reflexionar sobre el daño que pueden producir los hijos quizás sea un tema que los artistas abordan en la madurez. Mientras que la película de Almodóvar, Julieta, está todavía en cartel, Ana María Shúa publica su sexta novela, Hija, que también indaga en el vínculo materno-filial, en la intensidad del amor y en el dolor que esa relación puede provocar. Pero en el libro de Shúa no hay reparación posible. Aquí no hay un malentendido entre madre e hija, no hay reproches, el conflicto es más grave y profundo.

Con el trasfondo de la dictadura, Shúa narra la historia de Esmé y Guido, el exilio, las dificultades para sobrevivir en París. Y entonces, el deseo de un hijo. Con un manejo diestro del punto de vista narrativo, Shúa nos hace compartir las alegrías y desvelos de la maternidad junto con Esmé – a quien considera un alter ego suyo- pero va sembrando el relato de indicios que hacen dudar al lector de la personalidad de Natalia, la hija. En el living de su casa -coronado por una gran foto en blanco y negro de sus tres hijas- conversamos sobre esta novela en la que madres y padres podrán reconocerse y que, sin embargo, toma un giro muy perturbador.

-La novela pega en un lugar íntimo, toca los temores más profundos con respecto a los hijos.

-Sí, en qué clase de persona se van a convertir, ¿qué es lo que hice? Y en realidad, los padres no hacen todo, hacen una parte.

-Y abordás ese tema tan sensible de manera audaz, lo llevás a un extremo.

– Sí. La peor pesadilla de una pareja de padres es tener un hijo que sea mala persona.

-Sin embargo, no está muy definido qué pasa con Natalia.

-Porque el punto de vista es el de la madre. Como la madre explica, justifica, da razones, el lector hasta cierto punto duda, se ve arrastrado por la opinión de la madre. El libro busca la identificación con la madre. Aunque, al final, ella termina irritando al lector y dan ganas de zamarrearla. Natalia es un personaje muy importante pero no sabemos quién es en realidad, no sabemos lo que piensa. Porque la madre no lo sabe.

-La historia más terrible, de la que se van enhebrando indicios, está oculta, como cifrada.

– Sí, hasta los últimos dos capítulos no queda francamente expuesto qué es lo que pasa con esta hija.

-Esa ambigüedad permite construir un relato que sería cotidiano, con situaciones reconocibles. Después aparece esta otra cosa, cercana a lo siniestro. 

-Se convierte en una historia de terror o llega al absurdo. Porque las características de esta chica son casi las de un monstruo. No hay nada de sobrenatural pero su actitud y su actividad llevan hasta las últimas consecuencias esa sensación perturbadora que tenemos los padres del hecho natural de que nuestros hijos sean distintos de nosotros. Lo que uno espera, en realidad, es un clon.

-¿Cómo surgió la idea de escribir sobre esta hija tan tremenda?

-Con los años uno va escribiendo no sólo a favor de lo que elige sino en contra de lo que ya escribió. En mi libro La muerte como efecto secundario hay un padre terrible que le hace mucho daño a su hijo y pensé: bueno, ¡es hora de pasarles factura a los hijos! Por otro lado, tengo tres hijas. Quería expresar mis propios sentimientos acerca de la maternidad, con toda su complejidad, pero no quería molestar a mis hijas, necesitaba un personaje radicalmente distinto de ellas.

-La generación de los 70, rupturista y cuestionadora de la familia burguesa, parece puesta en tela de juicio, porque esos padres no pueden educar a su hija, son unos padres bobos.

– Sí, son unos padres bobos, pero son esos padres, no son los representantes de su generación.

-¿Tu intención no era hacer una crítica generacional?

– No, pero sí mostrar angustias, dudas y problemas que son muy característicos de nuestra generación. El peso del psicoanálisis haciendo que los padres carguen con la culpa de los hijos hasta la tercera y cuarta generación.

-Empezás diciendo, “El barco era grande como la muerte” y después viene una historia que parece liviana, gente que se va de vacaciones. Es un anticipo de lo que vendrá.

– Claro, incluso en ese primer capítulo hay un contraste entre las diversiones del barco y las noticias y los recuerdos terribles que vienen de la Argentina: mientras los mozos se disfrazan de gitanos, llega un telegrama de que aparecieron 34 cadáveres dinamitados en el puerto.

– Incluís el diario de la escritura de “Hija”, que tiene un efecto de distanciamiento.

-Le recuerda al lector que está leyendo una ficción, que hay alguien que la está armando. Cuando leo un libro, creo que todo eso le pasó al escritor, a pesar de que soy del oficio. Y me pregunto, ¿de donde lo habrá sacado? Me pareció que contar la trastienda podía ser interesante para el lector.

– ¿Por que te pareció necesario incluir la historia previa de la pareja de Guido y Esmé en París antes del nacimiento de la hija?

-Me importaba mucho contar a qué familia se iba a incorporar Natalia. Quería mostrar que había sido una hija muy deseada, que venía de una familia normal.

– Por eso es tan cruel.

– Sí, es cruel. Si me preguntás qué podrían hacer esos padres para que la hija no fuera así, bueno, hay muchos que te van a decir que podrían haber hecho esto o aquello. Pero yo no lo sé.

-Los padres no ven.

– Eso, niegan, pero si no hubieran negado quizá no hubiera cambiado la cosa.

FUENTE: REVISTA Ñ

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