Un descenso sólo para valientes

En Médano Blanco, cerca de Necochea, un verdadero “precipicio” de 76 metros de altura.

Después de tantos años de verlas en videos, tenía una Fat Bike para mi solito. La nueva Aurora X1 lucía imponente y ese mismo día conoció el barro y trepó unas cuantas lomadas, sorprendiéndome con su desempeño. Pero La Gorda pedía más batalla y decidí buscar un desafío a su medida. Entre mis pendientes estaba el Médano Blanco, en Necochea, uno de los más grandes y altos de nuestro país, y un ícono para los amantes de los 4 x 4, motos y cuatris. Sin dudar le escribí a Carlos Caligiuris, biker local y lector de Weekend para recabar datos y, de paso, decirme que era una locura que a nadie se le había ocurrido.

El segundo paso era la logística: Adrián Rebello, de Sin Huellas 4 x 4, conocía el lugar por ser un destino común en sus travesías. Pusimos fecha y a los pocos días junto a él y a Rodrigo estábamos mateando en la ruta. La idea era rodar el primer día en el Parque Lillo, junto a Carlos y Pablo Caligiuris, y dejar la frutilla del postre para el segundo.

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Jugando con la presión de las cubiertas de la Fat, nos quedamos con 5 libras adelante y 6 atrás, para que no resultara muy “rebotona”. Como carece de suspensiones, la impresionante cubierta de 26×4 es la que absorbe las irregularidades, pero si la desinflábamos más nos “comía las piernas”. Una vez que hallamos esa presión justa todo fue diversión: el Hummer de las bicis aplanaba los senderos trepando y bajando como un tanquecito. Y en la playa, cuando las otras bicis (rodado 26 y 29) patinaban hasta caer, la X1 seguía imperturbable y solo claudicaba en las trepadas de arena muy fina.

Mañana, la gran cita

Extenuados de jugar en el bosque nos fuimos a descansar para el gran desafío. A la mañana siguiente partimos en la 4×4 con rumbo sur, los 30 km de trayecto alternaban tramos de playa con otros de camino arenoso y cuando pasamos por el pequeño balneario Los Ángeles un perro empezó a corrernos. Nos llamó la atención que mantenía nuestra velocidad a pesar del terreno pesado. A 4 km del Gran Médano paramos la chata y bajamos la bici para probarla en algunos médanos de 10 m de altura: se clavaba en la ladera. Entonces volvimos a desinflar y a probar. La presión ideal pasó a ser 3 libras adelante y 4 atrás. Adrián también aprovechó para hacer lo mismo en la Amarok: 17 libras. Por suerte su chata tenía compresor, así que no tendríamos que agarrar el inflador en ningún momento.

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Nuestro propósito era ir tomándole la mano a la arena antes de encarar la bajada más grande, así que con Rodrigo fuimos alternando el uso de la X1, de 18 velocidades (2 platos de 22 y 32 dientes, y 9 piñones), con dos frenos a disco mecánicos, cuadro de aluminio y un peso contenido a pesar del aspecto masivo. El torque generado por la desmultiplicación permitía encarar las trepadas a paso de hombre, sin tomar carrera. Sí se nos complicaba el tránsito en las zonas de arena muy fina, por eso buscábamos donde crecía el pasto para lograr tracción, obviamente que siempre teníamos que brutear el manillar hacia ambos lados para evitar que la delantera se nos acostara o se clavara en la arena haciendo de pala.

Camino al médano

Después de una hora larga encaramos para el Blanco. El primer tramo lo pudimos hacer pedaleando a la par de la chata… y del perro -Angelito, bautizado por Rodrigo”-, que nos seguía acompañando. Solo un kilómetro y se hizo imposible pedalear: hacía rato que no llovía, por eso la arena estaba muy fina. Cuando salimos de una curva y vi el Médano Blanco ¡me quedé helado!: 76 m de altura, y unos 51° de inclinación… Parecía una pared vertical de arena.

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Con Rodrigo nos miramos: “¿Y de ahí nos vamos a tirar?”. Adrián no nos dejó titubear y efectuó un rodeo a pleno acelerador para treparlo por el costado. Si desde abajo se veía imponente, desde arriba daba miedito… Los 76 m de altura se hacían sentir. Y se sumaba un factor que no habíamos tenido en cuenta: el viento que soplaba desde el mar, que era fuerte y hasta complicaba caminar, por lo que la bici iba a flamear. Adrián nos dio la solución. Señalando su Amarok dijo: “Bajo a la par tuya y te genero una pared contra el viento”. Simplemente genial.
Sorteamos para ver quién iba primero: mi copiloto se calzó casco y antiparras, y se largó con la chata a la par. La rueda trasera de la Aurora se movía mucho, pero se las arregló para llevarla derecha hasta abajo y llegar entero.

Tocaba mi turno. Rodrigo me comentó que había usado ambos frenos, pero preferí utilizar solo el trasero, ya que había visto que la bici se enterraba un poco de nariz y era lo que quería evitar. Para vencer la inclinación tiré todo el cuerpo atrás, con la cola casi sobre la rueda trasera empujé la bici sincronizando la velocidad con la chata y me asomé al borde. Al instante la Fat tomó velocidad. Con correcciones constantes de manillar y la rueda trasera abanicándome, notaba que a pesar de llevar el freno clavado la bici estaba en caída libre pero dominada. Cuando pasé la mitad del veloz trayecto ya la tenía estable y empecé a sacarle freno para salir disparado como un cohete. Llegué a la parte plana a casi 60 km/h tirando arena en spray. ¡Un flash de adrenalina!

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FUENTE: WEEKEND

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